Amores de Verdad

El Día en que Don Roberto Descubrió que su Mejor Empleada lo Estaba Robando

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¿Qué harías si descubrieras que la persona en quien más confías te ha estado traicionando por años?

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La escena en la oficina era eléctrica. Don Roberto, un hombre de sesenta y dos años, canoso pero con una mirada que aún conservaba ese fuego de juventud, tenía los nudillos blancos apretados contra el escritorio de caoba. Frente a él, Jacinta, con su delantal aún puesto y las manos ásperas por años de trabajo honesto, temblaba como hoja al viento.

Pero fue Julia, su secretaria de confianza, quien no pudo sostenerle la mirada.

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—¿Sabes, Julia? —dijo Don Roberto con una calma que asustaba más que cualquier grito—. Llevas quince años a mi lado. Te di las llaves de mi negocio, te di acceso a mis cuentas, te traté como a una hija…

Julia tragó saliva. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con un expediente que, ahora lo sabía, estaba lleno de mentiras.

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—Y tú —continuó Don Roberto, dando un paso al frente—, me pagaste dando de comer a la gente que me ayuda a sostener este imperio. A la gente que se levanta a las cinco de la mañana para que mis clientes reciban sus productos a tiempo.

Jacinta, que seguía sin atreverse a respirar tranquila, observaba la escena con una mezcla de esperanza y temor. Dos meses sin sueldo significaban dos meses sin poder pagar el cuarto donde vivía con sus tres nietos, dos meses de promesas vacías que ya no podía escuchar.

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—Don Roberto, déjeme explicarle —intentó Julia, alisando su impecable traje sastre—. Hay problemas con el sistema bancario, los pagos se atrasaron…

—¡No mientas!

La voz de Don Roberto retumbó en toda la oficina. Las paredes de cristal permitían que el resto de los empleados mirara la escena sin atreverse a intervenir. Treinta personas conteniendo la respiración.

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Todos sabían lo que estaba pasando. Todos lo habían sospechado. Pero nadie tenía el valor de decirlo.

—Yo mismo hice una transferencia a la nómina el día primero del mes —dijo Don Roberto, sacando su teléfono—. Tengo aquí la confirmación. El dinero salió de mi cuenta el mismo día que se lo ordené.

Julia se puso pálida.

—Ese dinero —continuó Don Roberto, acercándose peligrosamente—. ¿Dónde está ese dinero, Julia?

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El silencio que siguió fue más ensordecedor que cualquier grito.

Jacinta vio cómo Julia, la elegante secretaria que siempre la había mirado por encima del hombro, comenzó a desmoronarse. Sus labios temblorosos intentaron formar palabras que nunca salieron.

—¿Cuánto? —preguntó Don Roberto, y su voz ya no tenía el tono acusador, sino un dejo de tristeza imposible de disimular—. ¿Cuánto llevas robándome, Julia?

La pregunta cayó al piso, y Jacinta observó, asombrada, que Don Roberto se tambaleaba. Un hombre fuerte como un roble, orgulloso de haber construido su empresa desde cero con sus propias manos, pareció encogerse frente a la traición más grande de su vida.

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Fue entonces cuando Julia, en un gesto desesperado, abrió uno de los cajones del enorme escritorio…

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